El príncipe de la pretensión
Devocional No. 107
Hechos 5:1-11
Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró. Cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; la sacaron y la sepultaron junto a su marido. Y sobrevino gran temor sobre toda la iglesia y sobre todos los que oyeron estas cosas. (Hechos 5:10-11)
¿Por
qué ocurrió esto? ¿Por qué fue tan severo el Espíritu Santo? ¿Es esto lo que
siempre hace con Su iglesia? Alguien dice: “Gracias a Dios que no ocurre
todavía; si así fuera, tendríamos que poner un cementerio en cada iglesia”.
Esta es una imagen de lo que ocurre en la vida cuando la pretensión es
permitida. El momento que finjo ser algo que realmente no soy, el segundo que
asumo una postura de impecabilidad espiritual que no poseo, en ese momento
entra la muerte. Inmediatamente soy desconectado del fluir de la vida de
Cristo. No significa que ya no soy cristiano, pero significa que la vida del
cuerpo ya no fluye a través de mí. En vez de ser parte de un movimiento vivo y
vital, me convierto en una célula muerta e indiferente en el cuerpo.
Eso
es lo que está mal con la iglesia de hoy en día. Es la enfermedad trágica de la
iglesia en cualquier edad ―pretensión, farsa, hipocresía― el fingir ser algo
que no somos. La cosa más increíble sobre esto es que es una hipocresía
inconsciente por la mayor parte. Raramente me encuentro con hipócritas
deliberados. Yo soy culpable de ello frecuentemente, y tú también lo eres,
siendo así un hipócrita inconsciente. Pensamos que es “religioso” o “cristiano”
de alguna forma, el no enseñar lo que realmente somos.
Esto es lo que resalta esta historia de
Ananías y Safira para nosotros. El momento que fingieron que eran algo que no
eran, ¡muerte! Cuando venimos a la iglesia nos ponemos una máscara de
suficiencia, pero interiormente somos insuficientes, y lo sabemos. Estamos
batallando con problemas en nuestros hogares, pero no lo queremos admitir a
nadie. El orgullo que no quiere que nadie más sepa lo que está ocurriendo entre
maridos y mujeres, y entre padres e hijos, nos previene de compartir. ¡Venimos
a la iglesia y nos ponemos una máscara que dice que todo está bien! ¡Todo está
maravilloso! Alguien nos pregunta cómo nos van las cosas. “¡Estupendo,
estupendo! ¡Bien!” “¿Cómo te van las cosas en casa?” “¡Oh, maravilloso! ¡Nos lo
estamos pasando maravillosamente!” El momento que decimos eso y no es verdad,
morimos. La muerte se establece. Pronto la muerte se difunde por toda la
iglesia completa. Es por eso que la deshonestidad es la característica primaria
de la iglesia hoy en día.
¿Cómo nos encargamos de los problemas
internos? En las Escrituras la manera de curar la enfermedad espiritual es
siempre la misma: arrepentirse y creer. El arrepentimiento significa que
reconoces que lo has hecho mal. Significa el enfrentarse con el hecho de que no
ha estado bien. Entonces el creer significa que entiendes que Dios ya te ha
dado, en Jesucristo, todo lo que es necesario para hacer lo que debieras.
¡Entonces, comienza a hacerlo! Empieza a ser sincero y a compartir tus cargas.
Empezarás en una forma pequeña, quizás, y será difícil al principio. Pero es el
compartir las vidas lo que hace que el poder y la gracia fluyan a través del cuerpo.
Padre, perdóname por mi propia pretensión, y
enséñame a ser sincero con mis hermanos y hermanas en Cristo para que cuando la
gente nos vea, puedan decir: “Bueno, cómo se aman estos cristianos los unos a
los otros”.
Aplicación de la Vida:
¿Estoy contribuyendo personalmente a estos
serios asuntos de hipocresía? ¿Qué pasos debo de dar para abordar esta amenaza
a la vida misma de Cristo en mí y por medio de mí?
Que gran verdad y que grandes cargas tenemos por nuestro orgullo tenemos que tener mayor confianza en Jehová AMÉN
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