Aprendiendo mansedumbre
Devocional No. 118
Hechos 9:19-31
Pasados muchos días, los judíos resolvieron en consejo matarlo; pero sus asechanzas llegaron a conocimiento de Saulo. Y ellos guardaban las puertas de día y de noche para matarlo. Entonces los discípulos, tomándolo de noche, lo bajaron por el muro, descolgándolo en una canasta. (Hechos 9:23-25)
¡Qué humillación!
Aquí estaba Pablo, equipado para ganar el día para Jesucristo. Iba a mostrar al
mundo cuánto podía hacer para este nuevo Señor que había encontrado. Pero en
cambio se encuentra humillado, desechado, rechazado, repudiado. Sus propios
amigos han de llevárselo de noche y bajarlo por una muralla. Camina hacia la
oscuridad en completo y miserable fracaso y derrota.
Lo más asombroso es
que muchos años después, al escribirle a los corintios y al reflexionar sobre
su vida, recuenta este episodio. Dice: “¿Me pides que me gloríe del
acontecimiento más importante de mi vida? El más grande acontecimiento de mi
vida fue cuando me llevaron de noche y me descolgaron sobre los muros en un
canasto. Esa fue la experiencia más significativa que jamás he tenido desde el
día que conocí a Cristo” (2 Corintios 11:32-33).
¿No es asombroso?
¿Por qué sería esto? Porque fue ahí en ese momento que el apóstol comenzó a
aprender las verdades que graba para nosotros en el tercer capítulo de
Filipenses, donde dice: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he
estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las
cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús”
(Filipenses 3:7-8a). O sea: “Todas las cosas que sentí fueron tan necesarias
para hacer lo que Dios quería, tuve que aprender que eran absolutamente
inútiles, sin valor. No las necesitaba para nada. Todo lo que pensé que tenía y
necesitaba para servirle, tuve que aprender que no las necesitaba para nada. El
comienzo de esa gran lección fue la noche en la que me descolgaron en un
canasto de las murallas. Ahí empecé a aprender algo. Tardé bastante tiempo en
entenderlo. Pero ahí empecé a aprender que Dios no necesitaba mis habilidades;
necesitaba sólo mi disponibilidad. Sólo me necesitaba a mí, como una persona.
No necesitaba mi trasfondo; no necesitaba mi linaje. No necesitaba mi
conocimiento del hebreo. No necesitaba mi conocimiento de la ley. No necesitaba
ninguno de estas cosas para nada. De hecho no tenía ninguna intención
particular para utilizarlas para alcanzar a los judíos; me iba a mandar a los
gentiles”. Y aunque no lo entendió plenamente entonces, empezó a asumir el yugo
de Cristo y a aprender aquello que Jesucristo dice que cada uno de nosotros
debe de aprender si vamos a ser útiles para Él.
Jesús nos informa del
currículo: “que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:19b). La ambición y
el orgullo deben de morir. Aprendemos que ya no vivimos para engrandecernos a
nosotros mismos. No vivimos para ser una persona importante, ni religiosamente
ni secularmente. Vivimos sólo para ser un instrumento de la obra de Jesucristo.
Y debemos de aprender la verdad que Jesús enseñó a Sus propios discípulos
cuando estaba aquí en la carne: “separados de mí nada podéis hacer” (Juan
15:5b). ¿Qué es lo que puedes hacer? “¡Nada!” Puede que lo que hagas sea mucho
a los ojos del mundo. Puede que lo que hagas sea estimado ahí. Pero en los ojos
de Dios, sin Él no es nada. Si estás dependiendo de ti mismo, Dios evalúa todo
lo que haces como si no valiera nada. Esto es lo que Pablo comenzó a aprender.
Por medio de esta experiencia su orgullo comenzó a morir.
Señor, te pido que
aprenda la lección, y que tenga la voluntad de no ser ya una persona que tenga
que tener el control del programa yo mismo, sino que esté dispuesto a seguir a
donde Tú guías, y a confiar en Tu vida en mí para poder ser todo lo necesario
para poder hacer todo lo que necesita hacerse.
Aplicación de la Vida:
¿Estamos aprendiendo la libertad y la belleza
de la humildad, o estamos todavía contando con nuestros propios recursos,
reales o imaginados, para lograr la obra de Dios en nosotros y por medio de
nosotros?
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