Derramado
Devocional No. 14
Lea Filipenses 2:16-18
Para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado. Filipenses 2:16b
Pablo está esperando con ansia el gran día cuando el tiempo será enrollado como el amanecer y hecho a un lado, y todo el fruto de la obra cristiana será hecho visible; cuando todo el oro, la plata y las piedras preciosas que resultan de la obra de Cristo en nosotros serán juntadas y expuestas. Toda la madera, la paja y los rastrojos que resultan de nuestro propio esfuerzo para Él serán quemados. La continua obra firme de Cristo en ti es como te atienes a la Palabra de vida, y esto es lo que resultará en alabanza y regocijo en ese día. Independientemente de las circunstancias o de la alabanza de los hombres, o de si hay resultados inmediatos, continúa, atente. ¡No te rindas! Entonces dice Pablo: “Cuando veo los resultados de tu fe, mi corazón se llena de orgullo porque sé que no os he ayudado en vano”.
Al ver su muerte inminente Pablo dice: “Y aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe. Incluso si eso ocurriera; si yo supiera que os estáis ateniendo al Cristo que mora en vosotros, moriré con gozo y regocijo en mi corazón. Si oís que he muerto de esa forma, vosotros también os podéis gozar y regocijar”. Esta es la base del regocijo cristiano: una vida refrescante y fructífera, derramando ríos de agua viva para otros, condicionada en una dependencia constante en el Señor Jesús que mora en nosotros.
Leemos en Hebreos 12:2b de nuestro Señor, “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”. ¿Cuál era el gozo puesto delante de Él? Era Su esperanza gloriosa de que Su vida sanadora entraría a las vidas de los hombres y mujeres cuyas vidas están siendo malditas y arruinadas, desgarradas y desintegradas por el pecado y la rebelión. Él integraría la totalidad de la vida y traería enfoque y perspectiva, y llamaría a los hombres para que volvieran a la fructífera anticipación de la vida cristiana. Anticipando lo que Su vida lograría, y sabiendo que sería reunido con Su padre, padeció la cruz. Derramó Su sangre como una libación sobre nuestra fe, y ahora está sentado victorioso en el trono en lo alto.
Cuando venimos a la cena del Señor, celebramos esta libación derramada por nosotros. Se vació a Sí mismo para que le pudiéramos tener en nosotros, la Fuente del amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, lealtad, mansedumbre, dominio propio: el fruto de Su Espíritu. Este es el principio subyacente de la vida cristiana, el amor que se da a sí mismo derramado de parte de otro. ¡Qué bellamente está ejemplificado en la vida de Pablo! Sólo es posible cuando pensamos en la vida de Cristo, tanto en Su voluntad como en las acciones de Su buen propósito.
Señor Jesús, Tú has derramado Tu vida por mí. Ayúdame a superar lo que sea que tengas preparado para mí, sabiendo que Tu propósito es el exponerme Tu propia vida y, por tanto, a aquellos a mi alrededor.
Aplicación a la vida
¿Cuál es nuestra meta más alta y nuestro mayor regocijo en la peregrinación de esta tierra? ¿Necesitamos reafirmar el privilegio de una vida derramada en obediencia alegre a solo Aquel que puede producir la fruta de Su Espíritu.
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